El abanico de seda - Lisa See

..."Tres días antes de mi boda empecé las ceremonias relacionadas con el Día de la Pena y las Preocupaciones.  Mi madre se sentó en el  cuarto peldaño de la escalera que conducía a la habitación de arriba, las mujeres de nuestro pueblo vinieron a presenciar los lamentos y todos exclamaron ku, ku, ku entre sollozos.  Cuando mi madre y yo hubimos terminado de llorar y cantarnos una a otra, repetí el rito con mi padre, mis tíos y mis hermanos.  Es cierto que era valiente y pensaba sin temor en mi nueva vida, pero mi cuerpo y mi alma estaban debilitados por el hambre, pues la novia no puede comer durante los diez últimos dáis de las ceremonias de la boda.  ¿Observamos esa tradición para que nos entristezca aún más dejar a nuestra familia, para estar más complacientes cuando llegamos a la casa de nuestro esposo, o para que éste nos encuentre más puras?  ¿Cómo  voy a saberlo?  Lo único que sé es que mi madre, como la mayoría de las mujeres, escondió unos huevos duros para mí en la habitación de las mujeres; sin embargo, no me proporcionaban mucha fuerza, y mis emociones se debilitaban con cada nuevo evento.
    A la mañana siguiente me despertaron los nervios, pero Flor de Nieve estaba a mi lado, y con sus suaves dedos en mi mejilla intentó tranquilizarme.  Ese día iban a presentarme a mis suegros y yo tenía tanto miedo que no habría podido comer aunque hubiese estado permitido.  Me ayudó a ponerme el traje nupcial que yo misma había confeccionado: una túnica corta sin cuello, ceñida con un cinturón, y unos pantalones largos.  Luego deslizó en mi muñeca los brazaletes de planta que me había enviado la familia de mi esposo y me ayudó a ponerme los otros regalos: los pendientes, el collar y las horquillas.  Los brazaletes hacían un ruido metálico y los dijes de plata que yo había cosido en mi túnica tintineaban armoniosamente.  Calzaba los zapatos rojos de boda y lucía un ornado tocado con cuentas perladas y alhajas de plata que temblaban cuando caminaba, movía la cabeza o no podía contener mis sentimientos.  De la parte delantera del tocado colgaban unas borlas rojas que formaban un velo y me impedían ver.  Para no perder el decoro debía mantener la vista fija en el suelo.




 

  Flor de Nieve me guió hasta la planta baja.  Que no viera no significaba que infinidad de emociones no me recorrieran el cuerpo.  Oí los irregulares pasos de mi madre, a mi tía y mi tío hablar en voz baja, y a mi padre arrastrar la silla al levantarse.  Fuimos juntos hasta el templo de Puwei, donde agradecí a mis antepasados la vida que había tenido.  Flor de Nieve no se separó ni un momento de mí; me conducía por callejones, me susurraba palabras de ánimo al oído y me recordaba que debía apresurar el paso, si podía, porque mis suegros no tardarían en llegar."...

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