La casa de las bellas durmientes - Yasunari Kawabata

..."Su cuerpo había sido tan usado por los clientes ancianos que la mujer de la casa la había descrito como "experimentada", y no obstante, era virgen.  Tuvo pensamientos casi paternales mientras se preguntaba qué vicisitudes esperaban en los años venideros a esta muchacha hechicera.  Sus pensamientos probaban que también Eguchi era viejo.  No cabía duda de que la chica estaba aquí por dinero.  Tampoco cabía la menor duda de que para los ancianos que pagaban ese dinero dormir junto a semejante muchacha era una felicidad fuera de este mundo.  Como ella no se despertaría, los viejos huéspedes no tenían que sentir la vergüenza de sus años.  Eran completamente libres de entregarse sin limitaciones a sueños y recuerdos de mujeres.  ¿No era eso por lo que no dudaban en pagar más que por mujeres despiertas?  Además, a los ancianos les inspiraba confianza saber que las muchachas dormidas para su placer no sabían nada de ellos.  Tampoco los ancianos sabían nada de las chicas, ni siquiera cómo iban vestidas, para que nada diera indicios de su posición y carácter.  Los motivos iban más allá de cuestiones tan simples como la inquietud sobre complicaciones ulteriores.  Eran una luz extraña en el fondo de una profunda oscuridad.




Pero el viejo Eguchi aún no estaba acostumbrado a tener por compañía a una muchacha que no decía nada, una muchacha que no abría los ojos ni daba muestras de advertir su presencia.  La nostalgia inútil aún no lo había abandonado.  Quería ver los ojos de esta joven hechicera.  Quería oír su voz, hablar con ella.  La necesidad de explorar con sus manos a la muchacha dormida era menos fuerte.  De hecho, había en ella cierta indiferencia.  Puesto que la sorpresa lo había obligado a desechar toda idea de violar la regla secreta, imitaría la conducta de otros ancianos.  La muchacha de esta noche, pese a estar dormida, tenía más vida que la de la otra noche.  Había vida, y del modo más enfático, en su fragancia, en su tacto, en sus movimientos.
   Como la otra vez, junto a su almohada había dos píldoras sedantes.  Pero esta noche tenía la intención de no dormirse inmediatamente.  Contemplaría un rato más a la muchacha.  Sus movimientos eran enérgicos, incluso durante el sueño.  Daba la impresión de que se daría vuelta veinte o treinta veces en el curso de una noche. Le dio la espalda, y casi enseguida se volvió de nuevo hacia él, y lo tocó con un brazo.  Eguchi tomó la rodilla y la atrajo hacia él."...

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